1. “La posesión de un bombín”

 

A comienzos de los años veinte, el joven Josep Pla –corresponsal por entonces de La Publicidad en París- iba a desarrollar una singular obsesión por los bombines. Lo cuenta el pintor Enric C. Ricart en sus memorias: con “la posesión de un bombín”, Pla quería darse el gusto de “saludar magníficamente y jugar con los dedos durante la conversación en un lugar cerrado”. Tras la compra de su primer sombrero, el artista catalán anotará que “a la salida de la tienda, no había suficiente boulevard” para “unos saludos que d’Artagnan hubiera envidiado”. De aquella pasión transitoria de Pla por la sombrerería fina iban a quedarnos algunas fotografías y retratos –del propio Ricart, entre otros- que bien pueden valernos para asentar la imagen del Pla cosmopolita y oreado frente al cliché del Pla con la boina calada del payés. Sin duda, nadie es inmune a veleidades sartoriales de juventud, ni siquiera un escritor que haría una militancia contra la excentricidad “fachenda y exhibicionista” de, por ejemplo, un Byron. Aun así, llama la atención que –de entre todos los ornatos posibles- Pla diera en elegir aquel bombín que, del XIX en adelante, iba a ser no ya uniforme de la City, sino icono elocuente del apego anglófilo en todo el mundo. Y llama la atención porque Pla, en efecto, nunca llegó a sentir eso que García Pelayo describió como “el embeleso del papanatas continental” respecto de Gran Bretaña. De hecho, nunca contamos con él a la hora de hacer el elenco –de Maeztu a Assía, pasando por Madariaga- de nuestros anglófilos de marca mayor.

 

Si nos atenemos a las comparaciones, parece que no faltarían los motivos. A Francia, Pla –que vivió “cinco años enteros” en París- le iba a dedicar libros completos, incluida alguna incursión historiográfica. Italia no sólo le mereció cientos de páginas, sino una identificación completa: “Italia es mi país (…) Si puedo, pasaré media vida en Italia”. En Alemania, la experiencia de “la océanica inflación” de entreguerras le iba a dejar una cicatriz moral por largos años, y de la Marcha sobre Roma al nacimiento del Estado de Israel o la Segunda República española, no encontramos ninguna vivencia de hondura comparable en el itinerario británico de Pla. Es legítimo, sin embargo, hablar de una anglofilia planiana, discreta por lo dispersa, pero en todo caso operativa y real, igualmente despierta para hablarnos de “la luz dulce, mate, vaga, dócil, flotante” de los pubs, la huella británica en Menorca, los diarios de Nicolson o la altura política de Gladstone. Incluso, en alguna rara ocasión, el propio autor nos abre la puerta a una cierta arqueología vital anglófila, como cuando recuerda “la sugestión” que “de pequeño” le producían “los nombres de los diarios ingleses”, o cuando confiesa que su guía de Londres “más viva” no será otra que el recuerdo de la lectura bien rumiada de Dickens. No es extraño: más allá del peso de una inevitable Bildung a la francesa, Pla todavía había nacido en un mundo en que –como afirma ese Pla ítalo-americano llamado Luigi Barzini- se tenía por “convicción indiscutida” que “lo británico era lo mejor”. A lo largo de la obra completa planiana, esa impronta de la flambée anglófila irá apareciendo aquí y allá, cuando pondera el señorío anglo-andaluz de la mujer de Maragall, cuando describe la pasión britanizante del cónsul Carner en Génova o cuando él mismo confiesa “una admiración viva” por la Reina Victoria o elogia el “burguesismo” de aquel XIX inglés, “el mejor que ha existido en este continente”. Es lo británico no ya como origen, sino como prestigio, según iban a vivir las élites europeas –leemos en Buruma- entre los tiempos de Voltaire y los tiempos de Churchill. De modo inverso, esa conciencia de la importancia británica se hará evidente cuando, a finales de los sesenta, Pla llega al swinging London tras “tantos años de leer cada día’, por ejemplo en Gaziel, ‘que Inglaterra ya agoniza”. Hay, por tanto, un sustrato formativo previo al encuentro de Pla con Gran Bretaña, y el propio autor confesará “una simpatía de la más auténtica procedencia sentimental” por el país.

 

A partir de ese sedimento, el alzado de la anglofilia planiana se extenderá a lo largo de casi seis décadas, de las piezas chestertonianas de sus comienzos en La Publicidad a las menciones a Boswell y Johnson de las ya provectas Notes del capvesprol. Entre un extremo y otro, los pecios más sustanciosos del Pla inglés estarán en las estampas de El nord, en Homenots como el dedicado a Joan Crexells, en los artículos de Destino recogidos en El passat imperfecte o en la memoria del crucero de junio de 1969 incluida en El viatge s’acaba. No estamos aquí ante cientos de páginas: el propio Pla lamenta que sus recuerdos de Inglaterra sean “cortos”, pero sí integran el corpus significativo de una anglofilia que será tan libresca como vivida y tan leída como viajada. Incluso, en esa zona reducida que –según Valentí Puig- forma la narrativa de Pla, Gran Bretaña merecerá el raro privilegio de alimentar no pocas de las ficciones agavilladas en La vida amarga, incluido el infrecuente aliento irrealista de Oscura santidad nórdica. Sí, es legítimo hablar de una anglofilia planiana, de un Pla anglófilo que cohonesta el conocimiento de una literatura con la observación de un país. Y no es tan de extrañar esa anglofilia. Al fin y al cabo, Inglaterra le había ayudado “a destruir todos los gérmenes de sublimidad gratuitos que como latino llevaba en mi interior”. Y eso fue algo por lo que el escritor siempre se iba a sentir “generosamente pagado”.

 

  1. “Las formas del espíritu inglés”

 

“Me he preguntado muchas veces’, escribe Pla en su perfil de Winston Churchill, ‘(…) si nos será posible alguna vez entender a los ingleses”. Por supuesto, el propio escritor sabe que “muchas personas” se han preguntado lo mismo, absortas en una tradición continental de perplejidad que abarca lo mismo al Ortega capaz de juzgar al pueblo inglés como “el hecho más extraño del planeta” que al Casanova que confirma que “su estilo de vida no se parece al de ningún otro pueblo”. No es este el lugar para ahondar en una excepción británica según la cual –por recurrir a dos citas ejemplares- Inglaterra es el único país que tiene Constitución (Chesterfield) y el único país que no la tiene (Tocqueville). Sí lo es para señalar que las complejidades y contradicciones de la vida inglesa –“eslabón de su unidad”, según Assía- iban a ser un campo de pruebas inmejorable para la capacidad de observación planiana. Es más: resulta notable hasta qué punto los apuntes de Pla sobre el mundo inglés se corresponden con los de la tradición anglófila del continente y les dan continuidad, hasta integrar al mismo prosista ampurdanés en su venero. Al talento se le une aquí la bibliografía: por sus propios escritos, sabemos de Pla que tenía bien leídos, al menos, clásicos de la materia como las Notas sobre Inglaterra de Hippolyte Taine o las Apuntaciones sueltas de Inglaterra de Moratín hijo. Es posible incluso que -tan mencionado a la hora de escribir sobre Francia- Pla también leyera al Morand enamorado de Londres. Y, sin duda alguna, manejó a fondo las Cartas inglesas de Voltaire, a las que reconoce el ser “uno de los libros que se han escrito que se leen con más fluencia”, pese a explicitar de modo contundente su “poca simpatía” por el ilustrado francés. Para asentar una sabiduría planiana sobre Gran Bretaña, valga el regreso al citado Churchill: si Moratín se había hecho eco del culto inglés a los prohombres muertos de la patria, Pla escribirá, en el mismo espíritu, que las “localizaciones postmortuorias tienen una gran importancia en la inmortalidad de los grandes hombres” en las islas británicas.

 

Veinteañero todavía, el Pla que llega a Inglaterra arrastra “una cierta disposición a hacer colección de ciudades”. Su primer contacto con Londres tendrá el eco de aquel doctor Johnson para quien estar cansado de Londres equivale a “estar cansado de la vida”: “tiene un contacto que rejuvenece y agiliza todos los músculos (…) Londres os vuelve jóvenes”. Incluso se pasma de “sentirse rejuvenecido al llegar a un país tan viejo”. Sin salir de la capital, acodado –como Heine- sobre el pretil del Támesis, Pla ve “la carretera más larga del mundo” en aquel río del comercio que Verlaine había juzgado como la suma de Tiro y de Cartago. Desde aquí, las correspondencias entre Pla y los tratadistas –autóctonos o foráneos- de Inglaterra pueden prestarse incluso a un juego de cotejo, en todo lo que va de los domingos de Londres al amor británico por los animales o la deploración, tan común, de la cocina local. Curieux de profession, serán escasos los tópicos inevitables de la vida inglesa que Pla deja fuera de su atención. Y es revelador poner en paralelo las prosas planianas con los escritos de algunos de sus precedentes, a modo de refrendo de la calidad de sus testimonios sobre las islas.

 

Así, donde Moratín, Blanco White o Camba deploran el mencionado domingo inglés, “día tedioso e infinito” para Pérez de Ayala, Pla anotará, en una de sus narraciones, el “delirio de silencio” de esos mismos domingos del norte de Inglaterra, que ya en Londres le resultan “de un tedio, de una falta de humanidad tumbal”. Cuando el escritor catalán nos cuenta de sus vanos propósitos de “descubrir el Londres monumental”, afirma que siempre se volvió con las manos vacías, sin encontrar “nada que denunciara una intención de poner la estética urbana al servicio de la formidable construcción política” del Imperio. He ahí una apostilla que podríamos poner en relación con el Morand que ve “el anti-París” en el amontonamiento improvisado de Londres, o con el Lord Kennet que señala el éxito del campo inglés frente al fracaso de sus ciudades. La descripción de Fleet Street será, desde este punto de vista, modélica: si para Byron, sus calles eran “como tubos de pipa”, para Pla estamos ante una calle que, siendo graciosa, “no es sublime, ni armónica, ni simétrica”. En Pla, de hecho, siempre se pondera la arquitectura británica en su calidad de “tono menor”, “sin grandilocuencia inflada”, “a la alzada justa de la medida humana”, de acuerdo con los muy frecuentes testigos que han hablado del rechazo británico –pensemos en Harry Mount- al “grand projet” a la francesa. Señala Pla, no obstante, que la capital británica “se abre poco de brazos, todos van a la suya sin decir nada”: estaríamos, en sus palabras, ante una “ciudad inexorable”, quizá en el mismo espíritu del J. H. Huizinga que la descrbie como “una enorme conspiración para confundir a los extranjeros”. Eso sí, Pla –en una de sus narraciones- sabe que, en lo que al trato al foráneo respecta, hay que “hacerle esta justicia” a Inglaterra: “el extranjero no tiene la más mínima importancia”, como también supo ver nuestro Alcalá Galiano, que allá en el XIX tachó a Gran Bretaña de “madre de extranjeros y amparo de desvalidos”. Sin salir de Londres, el Pla que constata que “lo puramente natural tiene aquí un futuro muy escaso” parece dar la razón al D. H. Lawrence que escribe que, en Inglaterra, el campo es hermoso, mientras que lo hecho por el hombre es vil. Del lado de la belleza urbana, sin embargo, los squares londinenses, que Morand ve “poéticamente dormidos bajo la lluvia”, son en Pla “rincones de silencio y paz” con un “aspecto romántico” “bajo el cielo gris”. Y de la lluvia en el Mayfair a la capital británica como “ciudad de la niebla”, Pla –que cita al respecto a Dickens, a Sir Horace Walpole a Ann Radcliffe- insistirá en que el referido fenómeno meteorológico, por el peso de su tratamiento literario, no deja de ser, como se ha escrito, “tinta líquida”. Incluso, al referirse a la niebla parisina, no dejará de usar una locución de estirpe inglesa para describirla: “puré de guisantes”, frase que utilizará también para otros propósitos. Ya en las aguas más mansas del verano, nuestro autor se hace eco de la voluntad inglesa de “pasar el rato candorosamente” y “convertir el pensamiento en una acuarela amable”, atento a la estampa más característica del buen tiempo en Inglaterra: los partidos de cricket. He ahí un deporte en el que, para Neville Cardus, “apenas hay movimiento”, y en el que, para Josep Pla, los ingleses pueden, en consecuencia, “llevar su flema a consecuencias casi orientales”. Lejos de las praderas de cricket, el catalán elogiará en los barrizales del rugby un juego que “parece inventado por un artista de la coreografía”, de acuerdo con el Richard Burton que lo vio como una mezcla “entre el ballet, la ópera y un brutal homicidio”.

 

Si el aprecio del paisaje fue una constante en el temperamento literario de Pla, la vinculación de los ingleses con su tierra no le podía pasar desapercibida. “El paisaje inglés es mucho más compuesto y artificial de lo que parece, aunque de esa composición se haya excluido la geometría”, escribirá, en consonancia con un Voltaire que ya había achacado a los británicos el amor por las “bellezas irregulares”. El campo inglés explica “el mantenimiento, como nostalgia, del espíritu idílico”, escribe Pla, del mismo modo que Washington Irving había hecho la alabanza de “los sentimientos morales que parecen permearlo (…) orden, tranquilidad, principios sobrios y bien fundados, viejos usos y costumbres reverentes”. Tal vez por eso, el paisaje, dotado de “valor poético”, según indica Pla, “os hace comprender la literatura”. No es esta una consideración menor, toda vez que del Lake District de Wordsworth a las ensoñaciones piscatorias de Walton o el Hampshire de la Austen, la literatura británica tiene una singular trabazón con su naturaleza de fondo. En salto de la lírica a la esfera pública, Pla también se preguntará “si la mentalidad de los ingleses es un producto del paisaje que han construido”. Y esta es otra observación fundada, toda vez que –como reflexiona Scruton-, el campo inglés afirma una soberanía del paisaje y hace inteligible “la ley de la tierra”, convirtiendo el campo en el lugar de la intimidad y la propiedad –en definitiva, de la libertad.

 

En lo que respecta a la caracterología humana, Pla, al contemplar a los mineros de las célebres huelgas de los años veinte, no deja de admirar la “cantidad de coraje, de seriedad, de dignidad y de virtudes” que asoman a los semblantes de estas gentes sencillas. Es, de modo aproximado, la misma alabanza que haría Orwell a las masas que –hasta bien pasada la posguerra- llenaban los graderíos del fútbol con la paz de quien acude a la misa del domingo. Del mismo modo, Pla sabrá distinguir entre el “tipo de inglés frío, convencional y de aspecto ceremonioso” de todas las novelerías y la “bufonería” “típicamente inglesa” con sus raíces en el lugar común de la Merry England. Ese fondo risueño no deja de ser compatible con la célebre privacy británica, y Pla observa que el inglés “es un solitario auténtico, real”, de modo contiguo al Waugh que señala el carácter “agorafóbico” de los habitantes de las islas, en todo lo que va de los fosos medievales a los setos suburbanos. Irremediablemente, debido a su carácter latino, Pla no puede menos que hacer la comparación entre la sentimentalidad mediterránea y la británica: “nuestra afectuosidad es considerable, nuestros sentimientos tienen una exteriorización tumultuosa y exagerada” (…) “yo he pasado tres o cuatro meses en Londres y, si tuviera que deducir por los signos exteriores el grado de sentimiento que se tienen entre sí los hombres y las mujeres y los viejos en Inglaterra, diría que una frialdad muy cercana a la indiferencia y casi al menosprecio ocupa el lugar que entre nosotros tiene el más cálido de los amores”. Así, “la educación de la gente” no deja de parecerle “una forma de su impenetrabilidad”. Similares testimonios podemos hallar en torno al lugar común del stiff upper lip británico, por ejemplo en el Tony Mayer de La vie anglaise, para quien los británicos “hablan mucho, pero por lo general no dicen nada”.

 

Si, como observa nuestro Rahola, el alcohol tiene “la misma importancia en la vida pública de Inglaterra que el sol en la de España”, Pla nos brindará el retrato de un Mister Morton, “típico inglés”, que en uno de sus cuentos británicos “bebía una docena de botellas de scotch (…) cada semana”. Como ya había anotado Moratín, “hallar sujetos de distinción perdidos de vino” no era en Inglaterra “un gran defecto”. Respecto de otro tópico del país, como es la fama de sadismo y perversión que persigue a los ingleses –magno punto de encuentro de la anglofobia internacional-, Pla señala lo “enormemente complicados” que resultan sus crímenes, quizá porque –como teorizó Agatha Christie, experta en estas complicaciones- ante un crimen “todo el mundo tiene algo que ocultar”.

 

Precisamente frente a los tópicos más habituales de la anglofobia, Pla reaccionará con vehemencia en un párrafo que no deja de ser una defensa cerrada de lo británico. Según nuestro autor, “en las tertulias de mi inolvidable país, he oído decir muchas veces que (el inglés) es un país mercantil, fenicio, egoísta y glacial”. En cuanto a los propios ingleses, serían seres “lentos, poco inflamables, de veleidades escasas, poco genialoides” (…) “Se les acusa de ser mediocres y poco sensibles” (…) “Si uno acerca la oreja a lo que se dice vociferando, se puede constatar que Inglaterra no tiene nada: ni literatura, ni filosofía, ni ciencia, ni arte, ni agudeza, ni ingenio”. Pla da de lleno en los reproches. “Bárbaros con un barniz”, iba a considerar Gautier a los británicos; Boutmy, más duro, creerá que en el inglés hay algo “brutal, inhumano, rudo, con un fondo salvaje”. Víctor Hugo incluso parece perdonar la vida a Inglaterra al afirmar que, “con Shakespeare, se parece menos a Cartago”, y es sabida la laceración alemana según la cual Inglaterra sería “el país sin música”. Sólo “el frío cálculo”, en palabras de Flora Tristan, definiría como pueblo a estos filisteos. Para Pla, sin embargo, “cuando llega (…) la hora de la verdad (…), lo único que no defrauda, lo que se mantiene, lo que proporciona una forma de vida plausible y tolerable son las formas del espíritu ingles”.

 

En este mismo ámbito cultural, las ambivalencias británicas encontrarán su hueco en la obra de Pla. Así, el de Llofriu alude a esa tradición anti-intelectual británica que había llevado a Santayana a exclamar que la cabeza inglesa no era sino “un aditamento lujoso”. Frente al peso de la intelectualidad francesa en su sociedad, los prerrafaelitas británicos, por ejemplo, “no afectaron para nada a la vida en común (…) de aquellas islas”. Este rasgo de filisteísmo, no obstante, es compatible con el Pla que se admira de las “donaciones fastuosas” y los “mecenazgos” que sufragan la vida cultural de los ingleses. “La cultura, sin una base de dinero, es impracticable”, dice Pla a la vista de Oxford, en lo que no es sino un reconocimiento, con ecos de sir Maurice Powicke, a la “aventura de la mente” que, desde el eje de Oxbridge, iba a “respetar la erudición” y otorgar un espacio de centralidad al saber y a la reverencia que le tributaron los grandes de este mundo en las islas. Por supuesto, Pla hablaría también de la devoción inglesa por los libros, con Londres como “el mayor mercado (…) de todos los países”, atento así a esa “cofradía oculta, británica por excelencia” que, en palabras de Mauriès, son los rastreadores de librerías de lance.

 

De los alumnos de Oxford iba a tratar Pla como de “la gente más fina y distinguida que uno se encuentra andando por el mundo”. Es la clave de que “la minoría que manda en Inglaterra” sea, también, “la más selecta del mundo”. Al mostrar su adhesión al “concepto deportivo de la educación y la ciencia” patente en la pedagogía británica y en la formación de sus elites, Pla no hace sino prolongar la causa de mayor estimación que, a ojos de los viajeros foráneos, pero también de los propios nacionales británicos, había propiciado Gran Bretaña. Hablamos, como dijo Orwell, en coincidencia con Pla, de “el tipo de hombre más perfecto de que puede proveerse una nación”, que a su vez sabe, con Demolins, que “la superioridad está en la escuela”. En paralelo, al meditar sobre los modos del Imperio británico, Pla afirma que Gran Bretaña “ha aplicado el sistema” de Roma, y esta apreciación lo emparenta con la célebre tirada de Donoso Cortés (“romana es su grandeza, romano es su patriciado…”) y con Malraux, para quien los británicos eran los únicos que habían logrado crear unas clases altas con el empaque de las romanas.

 

Las virtudes británicas, aprendidas ante todo en sus citadas y célebres escuelas, constituyen otra referencia entre los observadores de las islas, y Pla abundará en ellas en diversas ocasiones. Así, explica que, aunque entre ellos “los sentimientos no tienen un aire tan ruidoso (…) quizá son más seguros y más firmes. Por eso en Inglaterra hay tantas cosas vivas de tendencia y finalidad social, y por eso en este país es tan fuerte (…) la política”. Es la vieja noción de noblesse oblige de las elites aristocráticas británicas, capaces de permear en todo el cuerpo nacional. Si Ortega, en un epílogo para los lectores de las islas, había alabado “el modo” como Gran Bretaña “sabe ser una sociedad”, Pla observa que “tal vez la cosa más fina y respetable” de la vida británica sea ese mismo “instinto social”. “Los ingleses son, en Inglaterra, la cosa que tiene más valor”, sentencia. Entre sus virtudes con incidencia política e imperial, dentro del ethos insular, Pla admira “una cierta parsimonia, un indudable aguante”, que serán también algunos de los rasgos que Barzini detecta en la crianza del gentleman. En otra llamativa coincidencia con Barzini, que había escrito sobre la lealtad a un núcleo mínimo de valores como ligazón del Imperio, Pla escribe que “el ‘misterio’ de la pujanza de Inglaterra es tal vez haber sabido reducir las cosas a su máxima simplicidad (…) Inglaterra, su historia, el Imperio, son tres o cuatro teclas que, tocadas, dan siempre la misma resonancia vital”. Ahí, la versatilidad del gentleman, esa “facilidad de desdoblamiento” que le detecta Pla, “tal vez explica que el pueblo más cerrado del mundo domine las más vastas extensiones de espacio”, aunque a todo un anglófilo liberal como Mazzini esa versatilidad le resultara, más bien, “indiferencia inmoral”. Será que, como también afirmó Pla, Gran Bretaña “supedita la política interior a la exterior”.

 

“El inglés tiene de su pasado un celo que nosotros (…) encontramos a veces exagerado. Si queréis dar contento a un inglés, habladle de la antigüedad, del anacronismo de todo lo que le rodea. Eso explica el horror cerval que produce aquí toda forma de destrucción y la larga supervivencia de las cosas”. Al modo de Ruskin, Pla sabía que nada podría espantar más al inglés que una casa construida para durar no más de una generación. Visible en todo lo que va de las librerías de viejo al tweed raído de los lores, el apego británico al pasado siempre ha cautivado a los tratadistas de la vida inglesa, entre otros al Assía que alaba la Inglaterra “formalista, tradicional y ociosa”, pero también al Veblen que habla de la relación directa entre el estatus social y la resonancia arcaica de las propiedades. “La tradición se considera intocable”, afirma Pla, en unas palabras que Morand hubiera podido tomarle al hablar de “la fuerza natural que empuja a los ingleses a su pasado”. Y aun cuando esta fascinación pueda responder a que “los ingleses son ilógicos”, Morand vuelve a completar a Pla: “todo es ilógico, en apariencia absurdo, como las leyes y el alma de los ingleses, pero en realidad posee todo raíces profundas y vigorosas”. La vivencia de la tradición, con todo, dista de fosilizar la vida pública en un país cuyo espíritu Taine sintetizó como pocos: en Inglaterra, “las reformas se superponen a las instituciones, y el presente, apoyado sobre el pasado, lo continúa”. De ahí que, con la misma palabra de Bagehot, Pla escriba, ya en los sesenta que “la magia monárquica” siga siendo “tan viva”. Y de ahí también su cita a Young y a Taine como destructores de la visión “negra, cruel, insoportable” del Antiguo Régimen: desde la Inglaterra antirrevolucionaria, Pla se pregunta, respecto del 89 francés, si “sustituyendo las libertades por la Libertad, tal vez hubo menos de esta “. Es un párrafo que lo emparenta con un Burke.

 

Quizá una de las definiciones inglesas de mayor acierto de Pla tenga que ver con la esfera pública de las islas. Para Pla, «la democracia’ es allí ‘consustancial con una organización jerárquica de la sociedad muy visible, y con el mantenimiento de una organicidad interna » . Pocas veces se ha sintetizado lo inglés con mayor acierto, y en ese tino planiano resuenan no sólo Belloc, para quien Gran Bretaña es « una sociedad orgánicamente formada por los instintos de todos sus miembros », sino el Macaulay fundacional de la cosmovisión whig, conforme al cual “nuestra democracia es la más aristocrática y nuestra aristocracia la más democrática del mundo”. Desde el palacio de Westminster, al dar noticia sobre un debate “lleno de humor, de ironía y a veces de sarcasmo”, Pla coincide con Congreve cuando afirma que “el humor explica no poco de la libertad personal y las libertades públicas de las gentes comunes del país”. Como mediterráneo de sangre caliente, a Pla le impresiona hasta el “fondo dialéctico” del catolicismo inglés, que es el propio de un país donde “el diálogo es siempre posible”. Ya Salaverría indica que, en Inglaterra, “la vida puede llevarse con bastante menos gestos y voces”. Ruidos aparte, ese “fondo dialéctico” de Pla tiene algo del “mundo conversable” de Hume a la hora de sustantivar la conversación pública como uno de los pilares, según Prévost, de la libertad inglesa.

 

Consciente quizá de las concomitancias de sus observaciones con las de algunos de sus predecesores, Pla explica que, al observar la vida británica, no le mueven las “ganas de hacer proliferar los tópicos”, tan a la mano en el ámbito británico. Su verdadera intención nos devuelve un rasgo que, como un bajo continuo, sostiene la –digamos- estética planiana: la voluntad de captar “esas cosas de la vida habitual’ que ‘constituyen el fondo poético de la vida”. Dicho de otro modo, es “la transmutación de la vida en poesía”. Que tantos de sus escritos anglómanos guarden afinidades con los escritos de los clásicos del género da esa misma envergadura clásica a la anglofilia de Pla.

 

 

  • “La literatura más amena del mundo”

 

“La mejor literatura que han hecho los literatos (a mi modesto entender) es la que trata de sí mismos”, escribe Pla en una de sus Notes disperses, y el propio Pla nos confesará, todavía joven, que “los artículos que más gustan” dentro de su producción no son otra cosa que “trozos de mi vida, visiones de mi vida”. Es la obra planiana a modo de “diario íntimo vastísimo”. Conforme a esa querencia confesional, Pla reconoce que le hubiera gustado “vivir en un ambiente literario caracterizado por una gran profusión de documentos personales: memorias, recuerdos, reminiscencias –que son las sombras de las sombras de los recuerdos-, biografías, correspondencias, retratos literarios”. Ahí, de entre todas las tradiciones, Pla privilegia la francesa, si bien la ve proclive al “vedetismo” por comparación con una literatura inglesa que, en este ámbito, le resulta “un prodigio (…) un permanente y fabuloso prodigio”. Pla todavía detallará su alabanza con la mención a una tradición de calidad en las islas británicas: “la grandeza incomparable –y tan confortable- de la literatura inglesa son las vidas humanas escritas que contiene, las biografías”. En efecto, Pla considera que “la biografía literaria, esto es, la obra hecha con todo el apresto posible del historiador y la gracia de un literato, es uno de los trabajos intelectuales más nobles y más apasionantes que existen”. Y sobre este punto todavía volverá con ocasión de rebajar la reputación del Maurois biógrafo: “los ingleses llevaron en diversas épocas la monografía biográfica a un extremo de (…) alta perfección. (…) No hay ningún gran hombre en la historia de Inglaterra que no haya encontrado un escriba excelente para contarle la vida de una manera perfecta”. Junto a este apego tan humano, el aludido carácter “confortable” de las letras inglesas va a aparecer de modo recurrente en las páginas planianas al tratar de la literatura de las islas. Y en la estima de ambos rasgos podemos trazar la afinidad temperamental de Pla con un entendimiento de la literatura que ya había cifrado Johnson: “los libros sin conocimiento de la vida son inútiles”. Es un aserto que podría haber firmado el propio Pla.

 

Si hoy tenemos como verdades asentadas sus aplausos al “inmenso prestigio del ensayo” en lengua inglesa, Pla volverá a tener una intuición esclarecedora en otro momento laudatorio si cabe más apasionado. Es cuando escribe que la literatura inglesa resulta, a su juicio, “la más amena del mundo”. De acuerdo con la percepción intelectual que la alaba por ser una literatura de continuidades, sin grandes oquedades ni vacíos, Pla afirma que “la historia de la literatura inglesa es la que contiene menos catástrofes, menos hundimientos, menos toneladas de papel arrinconadas por ilegibles e insoportables. Y eso en todos los géneros literarios”. A nuestro autor parece darle igual si esta literatura “contiene muchos escritores grandes, geniales, como en el continente es habitual”. Lo que le importa es subrayar que, “como literatura tomada en general (…), es la que contiene muchos más libros que se mantienen vivos e interesantes”, y que su “línea media” “siempre es la más elevada”. De vuelta a las galerías comunicantes entre los libros y la vida, Pla reconoce a los ingleses haber creado una literatura con “un aire de sociabilidad, de amenidad, que la convierte en intransferible”. “Escribir con el temperamento -eso es lo esencial”, anotará Pla para sí mismo en un mandato que quizá tuviera por descripción de la literatura more anglico.

 

En verdad, Pla podía verse atraído por diversas causas hacia la literatura inglesa. La solidez de su cultivo llegaría a causar reverencia en quien, como escritor en catalán, creía tener ante sí una lengua que era “un campo arado superficialmente”, “una tierra virgen”. Y, por supuesto, la complexión conservadora de Pla –“toda la literatura que ha persistido y durado es la conservadora”- también podía encontrar un reflejo en la propensión hacia el conservadurismo, bien documentada, que se ha detectado en la expresión artística de las islas. Aquí, sin embargo, habrá que fijar una excepción: quizá por esa misma inclinación conservadora, Pla supo siempre admirar las audacias y experimentalismos de calidad de, entre otros, un Joyce.

 

Tras su entrevista con Hemingway, nuestro autor nos revela que su propio manejo del inglés era “un poco flojo e indiscutiblemente pobre”. Eso no obsta para que tuviera un conocimiento más que cabal de la literatura inglesa, tanto la clásica como la moderna. Desde joven, Pla lee y admira a Chesterton, editado por Junoy. En él verá de modo permanente un estilo en el que “la pedantería (…) está excluida” y unas ideas católicas y conservadoras que le obligan a “un tono de gran brillantez mágica”. Pla alaba al Chesterton que recala en Barcelona y que “lo ha comprendido todo”, al contrario que un Borrow que –sin merma del gusto planiano por el viajero inglés- “a nosotros, los catalanes, no nos podía ver ni en pintura”. Curiosamente, el Pla que alaba la novela de aventuras inglesa apenas tratará de su gran literatura de viajes, donde muestra preferencia por todo lo que va de Goethe a Stendhal.

 

Otra pasión de juventud, y no poco ditirámbica en su expresión, es la que Pla siente por George Bernard Shaw, cuyo Nobel celebra en 1925. En él admira “la densidad del pensamiento, su sensacional agilidad mental, la fuerza viviente de los personajes que ha creado”, hasta el éxtasis final: “no hay hoy en el mundo un escritor que llegue a la suela del zapato del gran escritor irlandés”. Llevado de este ardor, Pla se atreve a explicar con espíritu crítico el canon británico de la época: “en el continente se les da aproximadamente el mismo valor a Kipling y a Chesterton, a Galsworthy y a Shaw, a Wells y a Thomas Hardy. Es una profunda equivocación. Los escritores que lo dominan todo, que se encuentran a mil pies de altura sobre los otros, que influyen en la vida y en el pensamiento” son, efectivamente, Chesterton y Shaw.

 

Con el tiempo, los primeros grandes afectos ingleses de Pla irán cuajando en una cumplida biblioteca “anglo”. Moll Flanders será “un libro que no he podido dejar nunca”. A Disraeli le señala un “esnobismo acusadísimo” en sus novelas, aunque –bocado gourmet- cita el papel de su padre como ensayista. Sobre Chesterfield y sus “muchas observaciones agudas” nos quedamos con ganas de más, del mismo modo que nos hemos de conformar con una opinión harto breve del Viaje sentimental de Sterne y su “gran agudeza”. Piezas mayores, por Macaulay confiesa sentir “debilidad” a causa de su uso “claro” y “elegante” del lenguaje, con mención expresa a sus estudios sobre Voltaire y Federico el Grande; en lo que respecta a Gibbon, subraya con lucidez su “influencia esencial en la cultura moderna” y lo pone en primer plano respecto de “casi toda la literatura francesa del Siglo de las Luces”. En cuanto a su “viejo amigo Samuel Butler”, tan admirado antaño y tan olvidado hoy, siempre le reservó una devoción particular, basada en su carácter “independiente y original”, así como en “su observación, su agudeza y sus conocimientos sobre la especie humana”. Suma y sigue: buen conocedor del humus cultural británico, Pla se reconoce “lleno francamente de gozo y alegría” ante el hecho de que “los intelectuales y los artistas no llegan a tener ni la consideración más ínfima en las islas”. Eso es motivo de gozo ante “la subversión psicológica” “contra la cultura occidental” de un D. H. Lawrence, aunque parece fallar en el caso de Walter Pater: Pla lo tiene por “gran escritor, delicado, quintaesenciado, opalescente, enrarecido”, pero afirma que “todavía sufrimos” “cuando hoy pasamos por las calles y contemplamos los vestigios” de su gusto victoriano. En todo caso, Pla va a rendir tributo permanente a una atmósfera creativa “de avanzada libertad”: un ambiente capaz de nutrir a un escritor como Lawrence Durrell y también a un George Orwell que, “ha sido la fuente de la que han emanado (…) todas las posiciones dialécticas formuladas contra el totalitarismo”. La misma tradición liberal y tolerante iba a estar detrás del “humanismo elegantísimo” de Huxley, a quien Pla sitúa, por su cultura, “por encima de todos los de su tiempo”, en tanto que el carácter “confortable” de la literatura inglesa reaparece al escribir sobre William Henry Hudson. Sin el menor ánimo de matarife de la crítica, el Pla lector mantendrá aun así violentas reservas contra diversos autores: así, Wilde es “el hombre más siniestro del siglo pasado”; Wells, “uno de los profetas más falsos, de los políticos más profundamente mentirosos”; Byron, por su parte, será responsable de una literatura “hoy ilegible”.

 

Si Pla menciona –con mayor o menor detenimiento- a un buen elenco de escritores británicos, son cuatro los que destacan por encima de todos, sea debido a los encomios que de ellos hace, sea por la atención pormenorizada que les dedica. Resulta llamativo, por ejemplo, su conocimiento de Shakespeare, a quien trata junto a Voltaire en calidad de opuestos, igual que “sus respectivos pueblos”. En un recurso no por habitual menos veraz, observa Pla que El Bardo “se ha fundido, fusionado, unido de forma inseparable a la gente” de su país, capaz con sus personajes de darnos “los mayores ejemplos de profundidad humana”, “lo eterno” de la vida, tanto en lo malo como en lo bueno. Entre anotaciones sobre Hamlet, Pla alaba el antibarroquismo del de Stratford, la libertad de su teatro “desordenado, enormemente libre”, con “la claridad de un caos oscuro”; divaga sobre las teorías de la autoría de sus obras y, quizá con ánimo de epatar, no deja de citar que “plagió abundantemente, como corresponde a un autor tan grande”.

 

Es muy posible, con todo, que Johnson sea –a través de La vida de Boswell- el autor inglés preferido por Pla y, si no el más influyente, sí el que nos veríamos más tentados de aproximar a la contextura de la literatura planiana. Sus elogios son aquí sobresalientes: Johnson es “extremadamente útil” “para tener una cierta idea de la vida inglesa”, “definidor por antonomasia’ como fue ‘de la construcción conservadora, monárquica, eclesiástica e imperialista” de Inglaterra. “Pareciera que Johnson ha creado el vocabulario de un pueblo”, subraya Pla en una noche de insomnio y lectura, y para asentar una proximidad entre ambos caracteres, basta con pensar en el apego que producirían en Pla dos rasgos que detecta en el Doctor: su carácter de “conservador inteligente y perfecto” y, un escalón más abajo, “de parroquiano persistente de todo tipo de tabernas acreditadas”.

 

En lo referente al podio de los novelistas, Pla no duda al situar en lo alto a Joseph Conrad, con la urgencia de ensalzarlo cuando todavía era “poco conocido”, quejoso del éxito mejorable de sus traducciones. Pla admira “la complejidad del novelista” hasta el punto de que sus defectos serán para él “cualidades excelsas”. Fundamentalmente, el catalán se ve atraído por la manera en que Conrad es capaz de “extraer toda la sensación de un paisaje, toda su sugestión”, ante todo en una literatura del mar que hará de él “un Stevenson más literario”. El “realismo místico” con que se acerca Conrad al mar pone de manifiesto “el trasfondo de una lucha humana”, a saber, “la lucha de los hombres contra su desaforada y terrible dureza”. Un prosista tan atraído por el mar como es Josep Pla no podía menos que sentirse seducido con igual fuerza por el escritor que mejor supo transmitir su aventura. Y el veredicto de la crítica contemporánea –justamente complaciente con Conrad- ha dado la razón al Pla que, en gesto moderno, lo admiraba cuando apenas nadie lo hacía.

 

A pesar del confeso conservadurismo de Pla, su gusto literario, lejos de estancarse, fue capaz de reconocer en su grandeza –como ya se ha dicho- algunas de las aventuras de más riesgo de la vanguardia literaria. El caso de James Joyce es aquí ejemplar, y –de hecho- Pla lo alabará desde joven. En el irlandés no sólo va a apreciar la “brillante situación” de sus compatriotas en el panorama de la literatura inglesa, sino que se pregunta “si puede darse un caso parecido de fuerza, de agudeza, de tensión, de sensibilidad, si no se forma parte (con soltura y libertad irlandesas) de las facilidades de la cultura inglesa”. De lo general a lo particular, el Ulises le resulta “impresionante”, “una maravilla de perfección” en cuanto a la técnica y, en definitiva, “uno de los documentos de realismo aparentemente fantástico mas alucinantes de la historia de la literatura”. Es una opinión audaz para la época y, no sin reconocerle una complejidad evidente, Pla le reconocerá “una capacidad de observación imponente”, plasmada por su interés hacia una “realidad en bruto” que “no estiliza nunca”. Y aun cuando diga que a Joyce sólo se le puede comparar con Proust –y Proust “es mejor, literariamente”-, reconoce que el “espesor” proustiano es “un arabesco al lado del puré de guisantes del Dublín” del Ulises. Un mérito singular joyceano consiste en ponernos ante los ojos, escribe Pla, “al inglés y al irlandés” verdaderos, unos tipos humanos que, más allá de estereotipos, en la pluma de Joyce se nos muestran con un perfil “hablador, cordial, animado, espontáneo, social hasta un grado indescriptible”. Es así como, incluso entre las anfractuosidades del monólogo de Molly Bloom, Pla encuentra todavía un motivo para volver a alabar las letras británicas con su adjetivación favorita para el caso: es la literatura inglesa como “la más confortable de todas las que se han creado”.

 

  1. “El sabor de la libertad”

 

“Como programa mínimo” para la política, el joven Pla había pedido “un poco de revolución inglesa, un poco de revolución francesa y un poco de revolución rusa”. Fuera o no una ligereza asimilable a la del bombín del boulevard parisino, hacia 1964, el Pla maduro había adquirido otro grado de gravedad política. Así se transparenta, por ejemplo, en la citada semblanza de Churchill que, con el prohombre cercano ya a la muerte, iba a escribir entonces para Destino. Es una pieza cuyo elogio churchilliano no deja, entre líneas, de hacer patente un elogio inglés.  Lo vemos cuando define al gran político como “uno de los hombres más grandes (…) del sistema de la libertad”. Cuando afirma que supo unir su vida “a las instituciones de país, que se basan en la libertad, en la tolerancia y en la responsabilidad”. O cuando escribe que había defendido “una convivencia humana basada en el derecho y en la ley”. En su perfil, Pla –como ha querido el acertado lugar común- va hilando el destino de Churchill con el destino de su nación, de tal modo que su figura “no se comprendería en un país que no fuese Inglaterra, país que en tiempos normales es indiferente, humorístico y gracioso, y que cuando se crispa se convierte en el más duro de la historia”. Son muchos siglos de observación inglesa los que se condensan en esta frase, como también tenemos un indicio de la estima y la intuición preclara de Pla por Gran Bretaña al constatar que, tras la derrota electoral de 1945, Churchill emprendió la retirada, mientras “permanecía, inconmovible, la constitución del pueblo inglés”.

 

La mezcla de profundidad y de brillo de Pla al tratar sobre política británica nos puede dejar, como lectores, con el lamento de hallarnos ante un número de páginas bien escaso. Como fuere, es en el Homenot de Joan Crexells donde –a buen seguro- esos breves apuntes alcanzan mayor altura moral, emotividad y recorrido. Pla polemiza póstumamente con el Crexells que –transcrita en la Revista de Catalunya– escribe una carta “sobre los ingleses e Inglaterra” a Carles Riba. El sabio humanista, de muerte tan prematura, compara Alemania e Inglaterra con desventaja para esta, y Pla, lejos de sumirse en disquisiciones del pensamiento, emprende una singular estrategia para acercar a su lector a la causa inglesa: llevarlo al Londres que se conocía de memoria, ponerlo a contemplar las Casas del Parlamento, el Foreign Office y el Almirantazgo, en un paseo de hondura por la Historia y la política.

 

Meditabundo ante las construcciones que regían el Imperio, Pla afirma “el indefinible aspecto de tenacidad y de solidez que presentan”, pero siempre –y “es una de las cosas más significativas de este pueblo”- sin “perspectivas grandiosas”, “sin golpes de vista magníficos”, sin “nada que os impresione desmesuradamente”. No obstante, Pla da fe de la dificultad de “separar el efecto que hacen como elementos urbanos de lo que representan desde otros puntos de vista del espíritu humano”. Así, desde el parque de Saint James, ante los departamentos que gobernaban la política exterior y la Armada británicas, el autor catalán es consciente de estar ante “dos importantes columnas del mundo –columnas que se pueden odiar, que se pueden maldecir (…)-, pero que ciertamente producen (…) una absoluta sensación de respeto”, y que llevan al espectador “a considerar la totalidad de la vida y de la Historia (…) desde una perspectiva de imponente universalidad”. Pocos párrafos antes, en Westminster, Pla se había preguntado “¿quién puede, en efecto, ante la casa del Parlamento, dejar de pensar en la significación histórica y política de las venerables piedras? ¿Quién puede dejar, delante del edificio, de meditar sobre la corriente de vida positiva y libre que por allí ha pasado, sobre aquello que allí ha nacido –los derechos de la persona humana, el habeas corpus– y se ha extendido por todo el mundo, sobre lo que representa el Parlamento inglés para toda persona que no ha nacido con sangre azul?” Sí, “la contemplación de la casa del Parlamento os da la embriaguez de orgullo de sentiros simplemente un hombre y el gozo de admirar a un pueblo que ha hecho lo que ha podido y sin esconder ningún incentivo material para hacer sentir a todo el mundo el sabor de la libertad”.

 

Con finura de historiador, pero en un presente vivo, ese Pla maduro también será un apologeta de la segunda posguerra europea por comparación con el periodo de entreguerras, fuertemente crítico tanto con los postulados de Versalles como con la clase política en general y británica en particular. Ahí, su larga “noticia” sobre John Maynard Keynes, uno de los personajes que más influyeron en el modelado del siglo XX, nos muestra a un Pla entusiasta ante el gran economista y, sobre todo, el llamado “consenso de posguerra”. Merece la pena traerlo a colación porque no es este un Pla al uso, aunque –característicamente- justifica en el conservadurismo su defensa del intervencionismo económico: cuando se busca “salvar en la medida de lo posible la libertad económica mermada y expirante”, escribe, “sólo hay un camino: aplicar la teoría del mal menor, recortarla un poco para salvar lo que pueda ser salvado”. No hay duda de que, en su encomio de la posguerra keynesiana, Pla tenía como referencia las convulsiones –notablemente las de Weimar, vividas tan de cerca- que había observado en el tiempo de entreguerras. Por eso fue tanto mayor su aprecio por el mérito estratégico de un “nuevo capitalismo”, que además de impulsar “la prosperidad en Europa occidental”, había suprimido “las posibilidades objetivas de un triunfo del comunismo”. En el caso británico, Pla tenía una prueba suplementaria y palpable de bonanza: de mediados de los cincuenta hasta los primeros setenta, la situación política y económica de Gran Bretaña podía resumirse con la frase del premier Macmillan: “¡Nunca nos ha ido mejor!”

 

Todas estas percepciones de optimismo se anudan en las páginas que escribe Pla en su última estancia en Londres, en junio de 1969, recogidas en El viatge s’acaba. Ahí, el entusiasmo de Pla va a ser sobresaliente. Hasta el aire, nos dice, tiene “una ligereza picante”. Londres “ha dejado de ser la ciudad de la niebla”, sustituida por “una ciudad de fachadas claras y mucho más benignas”. La City, arrasada por los nazis y recién reconstruida, está “prácticamente desconocida”; es “un mundo mucho más aireado, de calles más amplias, con unos grandes edificios modernísimos”. En la fachada –al fin limpia- de la National Gallery, Pla cree ver las diferencias entre el Londres que había conocido en los años veinte y “la alegría de la ciudad actual”, “un Londres más agradable, mucho menos moroso y melancólico” y, por supuesto, “saturado de turistas ricos” que se suman a una “concentración formidable de vida material y humana”. En  opinión del viajero, por oposición a la mediocre clase dirigente de entreguerras, ese Londres “satisfecho, limpio, alegre” se debe “en algún aspecto, a la situación política”. Y, con la misma coartada con que había defendido el keynesianismo, alaba –sin citarlo- a Harold Wilson, “un político laborista que sabe conservar”. Por fin, “los dos mundos’, de ricos y de pobres, ‘de los que hablaba Disraeli en sus novelas se van acercando”, corrobora.

 

En la que fue su despedida de Inglaterra, no podemos dejar de contemplar con melancolía el aliento de Pla a “la obstinación que el Gobierno ha puesto en la entrada de Inglaterra en el Mercado Común” (…) “a despecho de la campaña que se hace contra la entrada”. Y es simplemente humano alegrarse de que Pla pudiera decir adiós a las islas cuando estas vivían su último mediodía en mucho tiempo. A principios de los setenta, las políticas de posguerra, ya agotadas, darían paso a una larga década de declive económico y malestar ciudadano. Los viejos valores y cortesías alabados por Pla terminarían por ser objeto del apego de los nostálgicos, entre otros motivos, a causa de la labor reformista de Wilson. Y, en cuanto a los “grandes edificios modernísimos”, construidos a toda prisa en la posguerra, es unánime la opinión de que, más que envejecer, sólo han conseguido degradarse. Esas son páginas que –por suerte para él, infelizmente para nosotros- Pla ya no tuvo tiempo de escribir. En todo caso, siempre le hubiera quedado la imagen de una anglofilia capaz de superar las contingencias del tiempo: esas aguas que pasan “ante las piedras venerables” del Parlamento, como “las aguas del tiempo al pie de las torres de los trabajos y de las esperanzas humanas”.

 

Texto aparecido en la revista ÍNSULA.

Nota: las traducciones de los textos de Pla son del autor del artículo, a partir del original catalán de la Obra completa de Josep Pla, edició 10 aniversari, Edicions Destino, 1992.

 

Bibliografía citada

 

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____ (2001). Diccionario Pla de Literatura. Ed. Valentí Puig, Trad. Jorge Rodríguez Hidalgo, Barcelona, Destino.

  • PUIG, Valentí (1998), El hombre del abrigo. Barcelona, Destino.

 

 

 

Ignacio Peyró

Ignacio Peyró

Periodista y escritor, autor de Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (Fórcola, 2014) y de La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig (Elba, 2017).
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