Es fácil recordar a James Lees-Milne como diarista, como escritor de arte, como cronista de una cierta intrahistoria inglesa o —ya en sus últimos días— como anciano singularmente florido. Incluso el Times, en su obituario —año 1997— quiso fijarlo para la memoria como “el hombre que salvó a Inglaterra”. Son todas atribuciones muy puestas en razón. Y, sin embargo, quizá la manera más pura de recordar a James Lees-Milne sea, simplemente, como el defensor de una belleza antigua frente a “los enemigos”, en sus propias palabras, “de todo lo que es hermoso”. Al fin y al cabo, no otra fue su vocación: cuando, aún muchacho, vio a un filisteo desenfundar su rifle para encañonar a una estatua de Apolo, Lees-Milne decidió sacrificar “todas mis energías y capacidades” al rescate de “las casas de campo de Inglaterra”. Eran, como él mismo dijo, “un tesoro de callada belleza”. Y, como afirmó nuestro Augusto Assía, también “la matriz de la civilización británica”.
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