Una Iglesia para la era de Acuario.

A sesenta años del Concilio Vaticano II

 

  1. Las correcciones

 

Con veinte siglos de experiencia terrena, la Iglesia Católica ha acumulado suficiente jurisprudencia como para establecer que no hay concilio sin su trauma conciliar. Ya ocurrió cuando vivían Pedro y Pablo, con un Concilio de Jerusalén que, mediado el siglo I, discutió si los gentiles aún debían observar la ley mosaica. E iba a seguir ocurriendo hasta ese Vaticano I que, en 1870, todavía vio algún cisma de menor cuantía a resultas de la infalibilidad papal. Entre medias, hubo concilios de los que nunca parecen cerrarse: en el siglo V, los nestorianos rompen con Roma; milenio y medio más tarde, ambas iglesias -la católica y la asiria del Oriente- firman una Declaración Cristológica Común. Otros concilios, sin embargo, dejarían bien atada una doctrina hasta nuestros días: León XIV acaba de viajar a Turquía para celebrar el aniversario de un Concilio de Nicea cuyas definiciones, aceptadas por católicos y ortodoxos, por luteranos y anglicanos, figuran en el Credo desde entonces. Nicea se iba a revelar como un éxito a la vez teológico y mundano, aunque aquello resultara muy difícil de adivinar en un momento -año 325- en que las ideas arrianas en torno a la cristología parecían una gangrena imparable para Roma. San Basilio, testigo de la época, describe las luchas posconciliares como “una batalla naval en la oscuridad de una tormenta”.

 

Ha querido la casualidad -o, mejor, la Providencia- que el 1700 aniversario de Nicea haya coincidido con el 60 aniversario de otro Concilio, el Vaticano II, “en algunos aspectos aún más importante”, a decir de Pablo VI, que el primero. Como mínimo, de atender al propio Pablo VI, más dramático. El 8 de diciembre de 1965, los padres conciliares abandonan en procesión la basílica de San Pedro, tras dar cumplimiento a tres años y cuatro sesiones de trabajo. El Papa Montini se funde en un abrazo de alegría con su mentor filosófico, Jacques Maritain, que lo espera al pie de la plaza. Solo siete años después, en 1972, el mismo Pablo VI hace balance y aflora el drama. Si habían pensado que “después del Concilio vendría un día soleado para la Historia de la Iglesia”, ya era hora de asumir que, “por el contrario’, lo que había llegado era ‘un día lleno de nubes, de tempestad, de oscuridad”. “Parecería’, dice el Papa, ‘que a través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”. Son algunas de las palabras más célebres -más duras- pronunciadas por un Pontífice. Y las pronunció, para mayor simbolismo, en la basílica de San Pedro y en su fiesta grande.¿Qué había ocurrido con aquel Concilio anticipado como una “primavera del espíritu”?

 

Es común pensar que el Vaticano II trajo consigo una divisoria, según la cual unos creerían que se fue demasiado lejos y otros que se quedó corto. Quizá, sin embargo, lo más llamativo del Vaticano II está en cómo muchos de los que lo impulsaron buscaron después rectificarlo. Los ejemplos abundan. Henri de Lubac, teólogo jesuita suspendido en los cincuenta y celebrado en los sesenta, terminaría por clamar contra “una nueva Iglesia, diferente de la de Cristo, que se quiere instaurar”. José Jiménez Lozano, un intelectual católico que cantaba cómo el concilio “ha desbordado nuestras esperanzas”, corregiría también el tiro años después: tras el “deslizadero” del Vaticano II, iban a tener que “hacer un alto”. Más trascendente aún resulta el testimonio de dos Papas que tuvieron su papel en el Concilio y luego tendrían su papel a la hora de aplicarlo. Karol Wojtyla recibió el cardenalato muy pronto -1967- en agradecimiento a los servicios prestados como padre conciliar: años después, lamentaría cómo “se han propalado verdaderas herejías”. Joseph Ratzinger, por su parte, tendría una acusada influencia como perito y teólogo de Josef Frings, cardenal arzobispo de Colonia y primus inter pares del ala progresista: décadas más tarde, en su Informe sobre la fe, escribe cómo “los resultados del Concilio parecen oponerse cruelmente a las expectativas de todos”. Es otra de las claves del Vaticano II: los progresistas se vieron frustrados sin que los conservadores dejaran de estar espantados.

 

  1. Aggiornamento

 

Muerto al término de la primera sesión, Juan XXIII no pudo contemplar -al contrario que Wojtyla o Ratzinger- los frutos del Concilio que había convocado: el cardenal Heenan, de Londres, aventuró que hubiera llorado sobre Roma como Jesús había llorado sobre Jerusalén. Es posible que la retórica, de alta ambición idealista, empleada por el Pontífice redundara en unas esperanzas irreales sobre las posibilidades del Vaticano II. En los albores de la contracultura, parecía que la Iglesia Católica estuviera en verdad preparándose para la Era de Acuario. Desde su solemne apertura, Juan XXIII pone en boga un término que cobraría fortuna: aggiornamento. El Papa cargará, con palabras famosas, contra “los profetas de calamidades”. Y, en un Concilio pastoral, sin anatemas, sin definiciones dogmáticas, subraya cómo la Iglesia “considera que sirve a las necesidades del presente demostrando la validez de sus enseñanzas y no condenando”. El lenguaje se modula: ya no habrá Santo Oficio, sino Congregación para la Doctrina de la Fe; ya no habrá Propaganda Fide, sino Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Romano Amerio subraya cómo una palabra “desconocida en la doctrina” aparece veintiocho veces en los documentos conciliares: esa palabra es “diálogo”. Cuando, en charla privada, el teólogo Hans Küng le preguntó por los motivos de la convocatoria conciliar, Juan XXIII se levantó, abrió una ventana y contestó: “para que entre un poco de aire fresco en la Iglesia”. Küng escribe sobre su alegría al comprobar que, aquello que había sido el sueño de una cierta vanguardia eclesial, ahora “permeaba toda la atmósfera”.

 

No es algo que vaya a dar crédito a su memoria ni entre conservadores ni entre progresistas, pero Pío XII adelantó muchos de los trabajos del Concilio: por eso es el autor más citado en él después de la Biblia. Si el “pastor angélico” no convocó, fue en todo caso por creer que la Iglesia no estaba preparada para el shock. Cuando, liberado de prudencias, finalmente lo reúne Juan XXIII, el propio “Papa bueno” cuenta cómo los purpurados de la Curia excusaron su pasmo ante el anuncio: no encontraban las palabras “para manifestar su júbilo y su obediencia ilimitada”. Con todo, el propio Roncalli había elegido su nombre de Juan por, como dicen los Evangelios, no ser él “la luz, sino el testigo de la luz”. Le tocaría, por tanto, a Pablo VI el trabajo de sacar adelante un encuentro llamado a “determinar de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la edad moderna”. Una edad que “había nacido de espaldas a la Iglesia en el mejor de los casos, cuando no frente a ella”, y ante la que esta parecía haber tomado la actitud, al menos en el XIX, de “permanecer simplemente a la defensiva o lanzar anatemas”. Para su primer mensaje, el nuevo Papa no iba a necesitar palabras: consistió en abolir baldaquín, flabelos y silla gestatoria y suprimir la tiara. El cronista Jiménez Lozano escribió: “la Iglesia actual ha derrotado al miedo”.

 

  • El Rin desemboca en el Tíber

 

Salvo para algunas elites mitradas, el Concilio fue una sorpresa para todos. Sus trabajos no lo iban a ser menos: a los obispos del Paraguay, por ejemplo, se les había dado a entender que Roma lo tenía todo preparado y que aquello iba a ser poco menos que firmar y listo. Cualquier previsión apacible voló por los aires, sin embargo, cuando, a minutos de iniciarse la primera sesión, dos cardenales progresistas -Liénart, de Lille, y el citado Frings- pidieron y obtuvieron tiempo para examinar la composición de las comisiones al cargo de los trabajos del Concilio. Nacía así la llamada Alianza Europea, una plataforma que unió a los padres conciliares de los lugares más marcados por la llamada nouvelle théologie: cardenales y obispos como Frings y Liénart, König y Bea, Suenens y Alfrink, de países como Bélgica y Holanda, Austria y Alemania. Todavía hoy, para dar cuenta de la magnitud del asalto, así como para leer el minutero del Concilio, el manual de referencia es un libro de Ralph M. Wiltgen elocuentemente titulado El Rin desemboca en el Tíber. En un movimiento que quizá en nuestros días se tachara de colonialista, esta Alianza Europea o Alianza del Rin supo enrolar también a muchos prelados dependientes de la ayuda de iglesias nacionales tradicionalmente tan ricas como la alemana. En todo caso, cuando el progresista Alfrink le silenció el micrófono al curial -y conservador- Ottaviani, hubo aplausos en la basílica: “era una censura. No contra su persona (…), sino contra su cargo de secretario del Santo Oficio”.

 

Más que un golpe de efecto, estas jugadas representaron un golpe ganador, en tanto orientaron el Concilio desde el inicio a una clara impregnación progresista. Con todo, la voluntad de convertir la reunión en un parlamento eclesial topó con desequilibrios. Por ejemplo: dado el peso de los obispos de lengua alemana en la Alianza Europea, iba a resultar muy fácil que tanto los miembros de su grupo, en primer lugar, como el Concilio en pleno, después, abrazaran las opiniones de los teólogos alemanes, notablemente del pensador Karl Rahner. Para equilibrar debates y evitar el monopolio, el Coetus Internationalis Patrum -Grupo Internacional de Padres- reunió a doscientos cincuenta obispos de línea conservadora como Lefebvre, Siri, Castro Mayer o el español Casimiro Morcillo. Al final, los dieciséis grandes documentos del Concilio -la constitución pastoral Gaudium et spes, o la Lumen gentium– tuvieron que negociarse más a fondo.

 

  1. Un Concilio marcado por su postconcilio

 

Para apreciar cómo ha infusionado el Concilio la vida de la Iglesia, cabe preguntarse, a la luz de sus documentos, cómo podría renunciarse hoy a esa “tierra prometida” que fue su compromiso con la libertad religiosa o su denuncia expresa del antisemitismo. Más conflictiva, pero todavía pacífica, resultó la apertura al ecumenismo, en una línea seguida después por todos los papas. Sin contemplar como cercano el fin de los totalitarismos, resultó particularmente comprometido -se habló de un pacto entre poderes- que el magisterio no mencionara por su nombre a un comunismo entonces en auge: se prefirió el meandro jesuítico de censurar las “doctrinas venenosas”. Como fuere, el punto nuclear, doliente entonces y doliente ahora, estaba en una reforma de la liturgia que siempre fue mucho más que un adiós al latín. Baste decir que el factótum de los cambios, Monseñor Bunigni, al culminar su labor, fue castigado con un puesto en Teherán. Y el buzón de Pablo VI se vio lleno de cartas de personalidades que, católicas o no, le pedían conservar la belleza de siglos concentrada en la Misa, de Harold Acton a Pau Casals, de Agatha Christie a Iris Murdoch, de Nancy Mitford a Jorge Luis Borges. Cuando a la novelista británica Muriel Spark le preguntaron por su conversión al catolicismo, aludió a “la certeza” que encontraba en esta y en ninguna otra fe. Pablo VI, sin embargo, tuvo que ver cómo se abollaba en algo ese prestigio logrado en una posguerra larga en que la intelectualidad formaba parte o del “partido católico” o de la “iglesia comunista”. Evelyn Waugh, uno de estos intelectuales conversos, dio también su opinión sobre el Novus Ordo: “bastante aburrido”, rather boring.

 

Más que nunca, un concilio iba a ser visto y juzgado por su postconcilio. Los experimentos con la liturgia iban a acompañar siempre, como un cilicio constante, los últimos años de papado de Pablo VI hasta 1978. Por su parte, el número de curas, monjas y religiosos relapsos fue, en sus palabras, “una corona de espinas”: entre 1964 y 1971, cerca de catorce mil abandonos, solo en sacerdotes. El Pontífice vio con estupor la defección de iglesias nacionales hasta entonces misioneras como Bélgica u Holanda, no sin que se le abriera otro frente en Hispanoamérica: en 1968, la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano reunida en Medellín, alfombró el camino de la Teología de la Liberación con su “opción preferencial por los pobres”. Ese mismo año, con la publicación de la encíclica Humanae vitae –“trágico error” para el progresista König-, Pablo VI, casi en solitario, fijó la posición de la Iglesia sobre los anticonceptivos.

 

El mismo Pontífice conservador en unas áreas iba a ser no poco progresista en otras, y la España de Franco, por ejemplo, llegó a ser, durante unos años, un régimen literalmente más papista que el Papa. Pablo VI, democristiano en jefe, de estirpe familiar antifascista y con una formación francófila, no iba a sentir la menor simpatía por las dictaduras ibéricas. Y la cuestión de la confesionalidad estatal en España, al roce del impulso de la libertad religiosa en el Vaticano, iba a traer consigo fricciones que tampoco pararían ahí: recuérdense el caso Añoveros, o las llamadas a Franco para evitar las últimas penas de muerte de 1975. En cuanto a la recepción del Concilio por parte de los fieles, un observador llegó a escribir, con más optimismo que don de profecía, que “las oraciones de la misa y los sacramentos (…) van a cautivar a muchas gentes que hasta ahora se aburrían en la iglesia”: en realidad, la resaca postconciliar puede leerse como un poderoso elemento de secularización en España, al menos en lo que a reclutamiento en seminarios se refiere. Nuestro país tampoco tendría una democracia cristiana poderosa, si bien Tarancón cumplió con nota el objetivo encomendado de que la Iglesia no entorpeciera la Transición democrática. De Joaquín Ruiz-Giménez y sus Cuadernos para el diálogo en adelante, la democracia cristiana española iba a conocer una mutación progresista y a identificarse, a posteriori, con el programa moral de Felipe González.

 

Esto le iba a gustar poco a Juan Pablo II, quien, por lo demás, tampoco pudo heredar el Concilio a beneficio de inventario. Si por un lado intervino a los jesuitas por progres, por el otro excomulgó a Marcel Lefebvre por tradi. Y si nombró cardenales a progresistas destacados, intentaría suplir la crisis de la vida religiosa con el apoyo a los nuevos movimientos laicales -Opus Dei, Legionarios, Comunión y Liberación- alentados por el propio Concilio. Es llamativo: por el recuerdo de aquellos tiempos en que Wojtyla y Ratzinger fueron teólogos avanzados de cuello vuelto, el tradicionalismo siempre les ha guardado cierto desamor. Ambos, sin embargo, actuarían de consuno para desarticular la Teología de la Liberación. Y si tanto con Benedicto como con Francisco, la cuestión de la liturgia tradicional iba a volver a las discusiones, Ratzinger, en 2005, intentaría alcanzar una vía media en las guerras culturales del postconcilio proponiendo leer los años y los documentos conciliares desde una “hermenéutica de la reforma” y no de “la discontinuidad”. En estas divisiones del catolicismo, León XIV ya ha tenido mucho de triaca: es el primer Papa que, por edad, no está marcado por las dialécticas desencadenadas por el Concilio. Y la turbulencia de los tiempos ayuda a quitar importancia a las guerras culturales: el hecho de que no esté claro cuál es el futuro de las ideas liberales y progresistas en el mundo, escribe Dan Hitchens en First things, aleja del catolicismo el viejo debate de cómo resistirse o adaptarse a ellas.

 

Sesenta años después del Concilio, León se encuentra una Iglesia que, con la crisis de los abusos, ha sufrido -entre otras cosas- la que a buen seguro sea la mayor crisis de credibilidad de su historia. Una Iglesia que, en Europa, cuenta con elites más progresistas que sus fieles y su clero. Y una Iglesia que gana no solo peso demográfico, sino moral, en África y en Asia. Tal vez “un puñado de vencidos”, como vaticinaba Pablo VI, o “el resto de Israel”, en palabras de Benedicto, pero una Iglesia a la que aún se ve, en palabras del escritor Martin Mosebach, como un peligro o como la única oposición que queda frente a una sociedad secular. Esta institución, “que ha pasado siglos sin estar del todo al día”, siempre tuvo amplitud para acoger: jesuitas urbanos y franciscanos campestres, Cluny ornamentado y Císter desnudo, agustinianos y tomistas, Chicago y Chiclayo, Suárez y Bossuet. Han pasado sesenta años del Concilio, dos generaciones de secularización y de pronto los nietos buscan -en Hakuna, Emaús o Effetá- la vieja religión de sus abuelos. Esto no lo había previsto Pío XII.

 

Ignacio Peyró