Había algo hermoso en esa costumbre -ya muerta y sepultada- de poner a las gentes el nombre del santo del día. Así no sólo podía suceder que un pastor, pongamos, de Soria o de Socuéllamos, de pronto se viera elevado a las altas dignidades de responder por el nombre de un rey o de un sabio doctor: también podía tener el nombre de otro pastor de la Capadocia muerto quince siglos atrás. Con el tiempo, los pueblos llegaban a convertirse en algo ciertamente hermoso: una copia humana de los graderíos del cielo, con sus Bautistas, sus Magdalenas, sus Teresas y sus Benitos. Pero lo más hermoso es la justificación de la costumbre: al poner el nombre del santo del día, era Dios quien elegía el nombre.
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